|
LAS ENCINAS DE RIS
-
¿Madre, estoy muy sola, no tengo con quien jugar.
Ya no viene la gaviota
que arrastró la pleamar
Cuéntame alguna historia
para mis penas calmar.
- Escucha, pequeña encina, lo que voy a relatar.
Hace ya más de mil
años, ¡mil años pasaron ya!,
que llegaron unos
monjes para esta tierra poblar,
y en la zona de Garbijos
se quisieron asentar
y construyeron iglesias
y empezaron a sembrar
trigo, cebada y centeno,
naranjos y un limonar.
Con ellos llegaron
gentes para poder trabajar
en los campos y cultivos,
en los montes y en la mar.
- ¿Dónde están aquellas gentes?
- ¡Aquellos murieron ya!,
pero formaron un pueblo,
pequeño y lleno de paz.
Todo era verde y dorado,
desde el Joyel hasta el Brusco,
encinas y tamarindos,
tejos y nogales juntos,
con higueras y castaños
y otros árboles de fruto,
tapizábamos el suelo
entre la arena y el musgo.
Luego pasaron los
años y las casas progresaron,
ya no eran de madera
y en piedra se fabricaron
casonas con portaladas
y altos muros los hidalgos.
- Y el resto, ¿qué hicieron madre?.
Se conformaron con poder seguir soñando,
pero iban a las mieses,
a las vides y a los campos
todos juntos y felices,
y trabajaban cantando.
¡Hoy no hay cantos
como aquellos!, bellos, rítmicos y claros,
sólo se escucha en
las noches el berrear del borracho.
¡Ay pequeña!, ¡hijamía!,
antes veía la mar
y la torre de la iglesia,
que yo la vi levantar.
Y sus campanas sonaban
para a las gentes llamar
al concejo y a la
misa, y para el pueblo guardar
de los barcos extranjeros
que venían a incordiar.
- ¡Madre!,
¿de qué color es la mar?
- ¡Pobre pequeña!,
no sabes la variedad de matices,
son tantos que nunca
ves dos mares que se repiten.
Van desde el azul
del cielo, en un día soleado,
hasta el gris como
el acero cuando el tiempo está enfadado.
Unas veces está en
calma, otras se mueve y se agita,
se estrella contra
las rocas, brama, ruge y se encabrita.
-
¡Madre, tu estás herida!, tienes el costado abierto,
muchas ramas desgajadas
y tus pies al descubierto.
- Encinuca, encinuca, mis días están contados,
las nuevas gentes
no quieren que dé sombra a sus tejados,
ni tenernos en sus
jardines, en las calles, ni en los prados,
y ese gigante de acero
con su garra me ha golpeado,
y poco a poco me muerto,
me desplomo y me desangro,
porque estas gentes
no quieren que dé sombra a sus tejados.
-
¡Madre no desfallezcas!, éste es tu pueblo y tu prado
Ellos llegaron más
tarde a destrozar el pasado,
pero nos quedan amigos
que nos miran con agrado
y que sufren con nosotras
todo lo que aquí ha pasado
Y te acarician y besan,
con los ojos arrasados
porque padecen al
ver un encinar asolado.
¡Madre
no desfallezcas!, éste es tu pueblo y tu prado.
|